LAS FRONTERAS DEL HAMBRE

Que no se engañen los que gobiernan y deciden. Los que se sientan en cómodos reclinatorios y gozan de pernada en cónclaves tildados de supremacía. Los que rubrican los acuerdos que destilan deslealtad mundial. Los mismos que escenifican su oronda falacia en las sedes de pompa y obra, ya sea Bruselas, la ONU o las reuniones de unos pocos en donde está reservado el derecho de admisión. Que no se engañen, pues la cara oculta de la verdad está al otro lado de las fronteras...




Lo que se mueve desde hace tiempo alrededor de un levantamiento humano poniendo cerco a las vallas, alambradas, o muros delimitando océanos, países o territorios, no es mera casualidad. Quizás existan mafias organizadas con oportunidad de negocio; pero las masas de hombres, mujeres y niños, perennes en hambre y enfermedad, mutilados, perseguidos, torturados y traicionados por el resto del mundo, es un fenómeno que ya no tiene cabida en ninguna ley sobre extranjería ni en el cierre de fronteras. La explicación de todo este magma humano que subyace de la pobreza misma es la propia lealtad a su condición de miseria continuada y esa fuerza, único aliento de vida, es lo que les permite posicionarse ante la hora de la verdad, morir en el intento o sentir bajo sus pies mortificados el roce de una vegetación antojada como entrada a un paraíso remoto. 

La catarsis es fruto de la ignominiosa conducta jerárquica, la misma que lleva siglos contemplando con satisfacción la mala suerte de miles de millones de seres humanos cuya errática existencia es el principal rédito para la codicia de quienes administran la cuenta de resultados de su monopólico negocio. El hambre sin subterfugios, sin economía sumergida, o sea, sin comida de diario, es el equilibrio perfecto para mantener el negocio de la producción y el experimento. 

Es la fuerza del todopoderoso para declinar responsabilidad directa dejando que sea la propia naturaleza quien venga a racionalizar la supervivencia de tantos seres humanos, abandonados, eso sí, a la suerte de toda clase de ensayos como un activo durmiente sin mayor utilidad que la de mantener el equilibrio del insensible desajuste, pues los amos del mundo deciden a diario quién va a morir y quién va a vivir. 

Para estos miles de millones de seres la vida no corre ninguna mejor suerte mientras la hegemonía de la indiferencia sea la que continúe administrando el laboratorio humano. Es la crueldad consentida durante siglos y por eso el devenir de la historia tiende a escribir la página de los que ya no piden nada, salvo cruzar el horizonte y palpar el hambre desde el excedente que otros desperdician o tal vez desde la caridad que en esta otra parte de la incrustada indiferencia se les niega. 

Las fronteras universales no podrán mantener por mucho tiempo el claustro de los que ahora ya no se resignan a morir sin probar otra causa distinta que la de ahogarse en el salitre de la deriva o en la asfixia de la interminable espera. No tardando lo intentarán en orden de millares entre hombres, mujeres y niños, lo harán exánimes, pero conseguirán invadir la otra parte del mundo extenso. Quizás lo peor de todo resida en que, en esta gran porción terrenal muchos de nosotros nos hemos acostumbrado a contemplar las desgracias ajenas.