HAMBRE, RACIONAMIENTO Y ESTRAPERLO EN LA ESPAÑA DE LA POSGUERRA

Al terminar la Guerra Civil, España sufría graves problemas de desabastecimiento. Al principio de los años cuarenta la situación de hambre y penuria que se vivía en muchas de las ciudades y pueblos obligó a las autoridades franquistas a intervenir para controlar la producción y distribución de alimentos de primera necesidad. Aparecieron entonces las cartillas de racionamiento y productos como el pan blanco, la carne o el aceite se convirtieron en artículos de lujo que casi sólo se podían conseguir en el mercado negro...


El racionamiento

Las cartillas de racionamiento son uno de los elementos más característicos de la posguerra en España. Una orden ministerial del 14 de mayo de 1939 estableció un régimen de racionamiento en el país para los productos básicos de alimentación y de primera necesidad. Para llevarlo a cabo se crearon dos cartillas de racionamiento, una destinada a la carne y otra al resto de productos alimenticios. También se establecieron racionamiento en función del género y la edad.

En un principio las cartillas eran individuales, pero en 1943 pasaron a ser familiares. De hecho, la asignación de productos podía variar en función del trabajo o cargo del cabeza de familia, por lo que las clases más altas tenían acceso a más alimentos y productos básicos. Este sistema estuvo vigente hasta mayo de 1952, cuando las cartillas desaparecieron para los alimentos.

La cartilla de racionamiento funcionaba mediante cupones y previo pago de los mismos. El suministro lo designaba la Comisaría General de Abastos que cada semana anunciaba públicamente el porcentaje, la cantidad y precio de los alimentos que se adjudicaban. Cada ciudadano tenía asignado el proveedor o tienda de comestibles que podía utilizar.

Era imposible adquirir de una forma legal cualquier alimento que no estuviera controlado por el racionamiento, salvo que se acudiera al mercado negro con precios por muy encima de lo establecido por la Comisaría de Abastecimientos. Y es que durante estos casi quince años el sistema demostró ser de muy mala calidad, dando origen al estraperlo. Las personas que se salían de la normativa legal tenían alto riego de ser condenados con penas de cárcel.




Estraperlo

El término estraperlo o straperlo es usado en España para referirse al comercio ilegal de bienes sometidos a algún tipo de impuesto o tasa por el Estado. Por extensión, es una actividad irregular o intriga de algún tipo, y se usa como sinónimo de mercado negro. A quien practica el estraperlo se le llama estraperlista.

La palabra estraperlo tiene su origen en un escándalo político: proviene de 'Stra-per-lo' y deriva como acrónimo de Strauss, Perel y Lowann, socios de origen judío-holandés que en época de la Segunda República trajeron a España una ruleta eléctrica. Dicha ruleta se presentó en sociedad en 1934 en el Casino de San Sebastián y también llegó a llevarse a Palma de Mallorca. Por lo visto habían sobornado a varios políticos influyentes y así consiguieron introducirla en el país. Evidentemente, la ruleta estaba trucada y rápidamente las autoridades se dieron cuenta del timo y se prohibió dicho juego.

El Hambre


El último parte de la guerra civil española vino a acallar el estruendo de las bombas, pero no apagó el ruido de los fusiles al caer la noche ni silenció el rugido de los estómagos de tantos y tantos españoles hambrientos. El fin de la guerra no llegó acompañada de la paz ni del pan. Encontrarlo blanco y por cauces oficiales se convirtió en una misión casi imposible, por lo que hubo que buscarlo por medios fraudulentos. En unos años marcados por el racionamiento y la escasez florecieron multitud de estrategias cotidianas para sobrevivir.


Quienes lograron sobreponerse a la década de 1940 hubieron de lidiar con la omnipresencia de la enfermedad, el paro, el frío y el hambre. En aquella sombría estampa, marcada por el silencio impuesto por las armas, no faltaban la mendicidad, la prostitución ni los suicidios. El panorama de Baleares, donde muchas familias modestas se nutrían únicamente de naranjas y el 40% de los niños presentaba síntomas de tuberculosis, no era una excepción en aquella España de luto.

Parte de la responsabilidad de aquel estado de cosas era atribuible a las recetas económicas autárquicas que, ya durante la guerra, comenzaron a aplicar los rebeldes en las zonas ocupadas. De entre toda aquella compleja maraña de disposiciones la que con más clarividencia permanecerá en el recuerdo de quienes las sufrieron será, probablemente, el estricto racionamiento a que fueron sometidos alimentos, medicamentos, tabaco, combustibles.. de consumo cotidiano. Ante la realidad de unos amarillentos pedazos de cartón que no daban acceso mas que a unos productos de pésima calidad y en cantidades insuficientes, hubo que 'buscarse la vida' por otros medios.


La supervivencia

Todo el mundo recurría al estraperlo, las clases acomodadas y las clases obreras. Había tan pocos suministros oficiales, que se calcula que había que acudir al mercado negro para conseguir casi el 80% de lo que se necesita para subsistir en cantidad suficiente. La clase obrera acudía a recoger la parte que le tocaba en el racionamiento y después vendían parte de lo que conseguían en el mercado negro, con lo que conseguían dinero para poder comprar en el mercado negro lo que les faltaba.

La necesidad descubrió en cada español a un pícaro. España entera se hizo de doble fondo. Cuántas judías, cuánto aceite y cuántas planchas de tocino escondió la palabra estraperlo. Cualquier producto encontró su hueco en la cubierta de una rueda de repuesto, colgando entre las piernas de las mujeres al cobijo de las faldas, durmiendo entre las ropas de un bebé inexistente, en los instrumentos de una banda de música, balanceándose sujeto por ganchos de las ventanillas de los trenes, arrojado en puntos convenidos cerca de las estaciones.

Tener un huerto, un monte cercano o el mar a la vista fue un privilegio en comparación con quien sufrió el hambre en las ciudades, sobre todo a partir de 1941. Con los productos de primera necesidad racionados en dosis controladas por la Comisaría General de Abastecimientos (en cantidades que no alcanzaban para evitar la desnutrición) y una catastrófica política agraria, lo que más rápido arraigó en suelo español fue el mercado negro. 

No es de extrañar que muchos se vieran forzados a acudir al comedor local de Auxilio Social, la más amable de las instituciones de la dictadura. Nacido por imitación de la Winterhilfe nazi, y atendido por las chicas de la Sección Femenina, venía a evidenciar el fracaso del régimen a la hora de garantizar el abastecimiento de la población.

La dictadura acabó con los ahorros de media España, al retirar de la circulación 13.251 millones de pesetas republicanas y anular 10.356 millones más en dinero bancario. Los productos de estraperlo se podían intercambiar o comprar, dependiendo del dinero de que se dispusiera. Un kilo de azúcar costaba 1,90 pesetas a precio de tasa. En el mercado negro, costaba 20. El aceite para el racionamiento se pagaba a 3,75 el litro y a 30 de estraperlo. Una ley de 1941 que amenazaba con la pena de muerte a los especuladores no sirvió más que para provocar el suicidio de un hombre de Zaragoza que, por miedo, se arrojó al Ebro. Si hubiera esperado, como el resto, habría visto que siete años después se ponía una multa ejemplar a los gestores del Consorcio Harinero de Madrid por cometer el error, no ya de especular, sino de hacerlo con el trigo que Perón mandaba desde Argentina.




Corrupción a gran escala


Estos especuladores ofrecían a precios abusivos los artículos racionados que no se podían encontrar con facilidad. Se trataba de un fenómeno de corrupción a gran escala en el que estaban implicados desde los propios agricultores y ganaderos que ofrecían directamente, casa por casa y a través de contactos, los productos de sus huertos y granjas, hasta altos funcionarios del estado, muchos de ellos encargados de velar por el adecuado abastecimiento de la población. Estos responsables públicos, entre los que se encontraban algunos militares, se aprovecharon de su situación de privilegio para desviar alimentos al mercado negro, obteniendo grandes beneficios con este negocio corrupto. 

Nació así una auténtica red de tráfico de influencias, permisos de importación interesados y cupos de producción concedidos a industriales bien relacionados, que permitió a unos pocos hacer grandes fortunas a costa del sufrimiento de una gran parte de los españoles que asistían impotentes y hambrientos a la expansión de la trama del estraperlo. Preocupados por las consecuencias que podía tener para la estabilidad del régimen, las autoridades del Gobierno tomaron una serie de medidas para erradicarlo, lucha en la que teniendo en cuenta los nombres e influencias de algunos de los implicados no pasaba de ser una actuación de cara a la galería. De esta forma, las redadas contra el estraperlo, de las que el aparato de propaganda del franquismo informaba con su retórica habitual y gran despliegue de medios, apenas servían para detener a unos pocos estraperlistas de segunda fila y decomisar pequeñas cantidades de productos, éxitos con los que se pretendía acallar las críticas de una población que llevaba ya demasiados años padeciendo los que fueron conocidos como los años del hambre. 

Al principio de la década de los cincuenta del siglo XX, las mejoras económicas que se derivaron de la lenta reconstrucción del país, unidas al fin de las sanciones internacionales contra el régimen de Franco y al apoyo expreso de los Estados Unidos, que en aquella época tenía a España como un firme aliado contra la expansión del comunismo en el contexto de la Guerra Fría, permitieron que en 1952 se anunciase el final de las cartillas de racionamiento, lo que provocó la paulatina desaparición del estraperlo surgido en la Posguerra española.