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jueves, 1 de mayo de 2014

REMINE : EL ÚLTIMO MOVIMIENTO OBRERO

La película asturiana “ReMine, el último movimiento obrero”, de Marcos Martínez Merino, ha obtenido la Mención Especial del Jurado en la sección Derechos Humanos de la 16 edición del BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente).


El jurado, compuesto por tres cineastas de Brasil, Argentina y Colombia, ha tomado la decisión por unanimidad destacando la narrativa de la película frente a los otros 17 largometrajes de todo el mundo con los que competía. La competencia de “ReMine, el último movimiento obrero” en BAFICI ha supuesto también el estreno mundial de esta película documental sobre los mineros asturianos.

Las tres proyecciones de ReMine han terminado con una ovación unánime del público presente y el afecto de decenas de espectadores que esperaron al final de la película para abrazar y besar al director y la productora de la película en gratitud por enseñarles esta historia universal sobre la dignidad obrera. La producción asturiana ya ha sido invitada a competir, de momento, en otros cinco Festivales Internacionales de Cine en Europa y Latinoamérica. Estos días está compitiendo en la 32 edición del Festival Internacional Cinematográfico del Uruguay donde aspira al Premio Derechos Humanos junto a otros 8 largometrajes de todo el mundo.

Una mirada particular. Dirigida, fotografiada y coproducida por Marcos M. Merino, la película documenta en 101 minutos la agitada huelga de la minería en España durante el verano de 2012 para describir la cultura minera asturiana como último representante de un estilo de vida prácticamente extinguido en Europa.

Los mineros asturianos tienen más de un siglo de historia de organización sindical y obrera que ha sido determinante en la mejora de los derechos laborales y sociales en España. Protagonizaron la última revolución obrera europea en 1934, iniciaron la mayor huelga contra el franquismo…miles fueron asesinados y deportados, otros cientos tuvieron que huir y vivir en las montañas durante décadas para no ser ejecutados. Una lucha histórica que se desangra tras 30 años de nacionalización y reconversión industrial con más de 30.000 mineros jubilados anticipada y generosamente. Hoy apenas quedan 2.000 mineros en Asturias.

En 2012 el Gobierno de Rajoy decidió recortar las ayudas públicas a la minería por la peor crisis económica en España de los últimos 70 años. Los mineros iniciaron una huelga indefinida en la que emplearon los mismos métodos de lucha que sus antepasados: cortaron carreteras, se encerraron a 700 metros de profundidad durante 50 días, marcharon 500 kilómetros hasta Madrid, organizaron decenas de manifestaciones y desencadenaron una oleada de simpatía en todo el país. Cientos de miles de personas salieron a recibirlos a su llegada a Madrid. El supuesto anacronismo de un colectivo nacido en la Revolución Industrial había despertado a un país deprimido….Pero ya nada es cómo antes…ni siquiera los representantes del último movimiento obrero. 



sábado, 21 de diciembre de 2013

COLTAN, ELECTRONICA, EXPLOTACION Y SANGRE

El coltán es un mineral óxido que toma su nombre de la contracción de otros dos minerales que lo integran: la columbita y la tantalita. No es un mineral en sí mismo ni tampoco una aleación. Es una solución sólida y cristalina, de color azuloso, que se forma por la fusión de óxido de niobio, hierro y manganeso, por un lado; y óxido de tantalio, hierro y manganeso por otro.


Esta combinación natural desarrolla propiedades únicas: superconductividad, carácter ultrarrefractario que soporta temperaturas muy elevadas, alta resistencia a la corrosión y otras alteraciones propias de los minerales, y una singular capacidad de almacenar temporalmente cargas eléctricas y liberarlas cuando es necesario.

Sobra decir que esta providencial fusión se ha convertido en un elemento fundamental y codiciado para el desarrollo de nuevas tecnologías. Presente sobre todo en condensadores, su uso se extiende por la telefonía móvil, la fabricación de computadoras, la elaboración de videojuegos y todo tipo de nuevas aplicaciones; la industria aeroespacial, bélica y atómica; y hasta la medicina (implantes).

Pero este magnífico don de la naturaleza es escaso y todavía no existen suficientes estudios mineralógicos y geoquímicos que permitan conocer su certera ubicación en la tierra. Por lo pronto, Australia, Canadá y Tailandia comparten un 5% de la producción, y Brasil ostenta aproximadamente el 10%. Colombia y Venezuela han anunciado el descubrimiento de algunas reservas en la región amazónica y, antes de morir, Hugo Chávez incluso habló de un potencial de 100 mil millones de dólares del llamado “oro azul”.

La mayor parte de las reservas conocidas, empero, se ubica en el corazón de África y, muy concretamente, en la República Democrática del Congo (RDC), que detenta el 80% de la producción mundial. Esta riqueza que, correctamente explotada, podría sacar rápidamente de su proverbial pobreza a los congoleños y a sus vecinos de Uganda y Ruanda, se ha convertido por el contrario en una pesadilla de guerra, explotación laboral y daño ambiental.

La primera gran alerta pública la dio un periodista Ramón Lobo, en su reportaje titulado “La fiebre del coltán” (El País/02-09-2001), en el que daba cuenta de cómo en la región minera de los Kivus hombres, mujeres y niños en régimen de semiesclavitud excavaban con sus propias manos o con herramientas precarias el mineral, hasta a 300 metros bajo tierra, en jornadas extenuantes, sin medidas de seguridad y con salarios que no alcanzaban un dólar al día.

Para entonces todavía estaba en curso la llamada Segunda Guerra del Congo, que entre 1998 y 2003 costó la vida a alrededor de 5 millones de personas. Luego vinieron reportes especializados de organismos prestigiosos como International Alert y The Pole Institute. Finalmente el problema llegó hasta el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

En 2002 la ONU documentó la conexión directa entre la guerra y la región de los Kivus. En un informe demoledor, exhibió la intrincada red de intereses creados para saquear la zona, y repartió por igual la responsabilidad entre unas autoridades congoleñas corruptas y ávidas de dólares; los gobiernos de Ruanda y Uganda que “exportaban” el material sin aranceles ni permisos; y 114 empresas multinacionales –alemanas, belgas, británicas, chinas, estadunidenses, francesas, etc.– que resultaban las beneficiarias últimas de esta cadena de expoliación ilegal.

“El Estado no controla las minas. La mayoría son gestionadas por milicias apoyadas por empresarios bien conectados en Ruanda”, dijo el diputado federal opositor Thomas Luhaka. Empresarios rivales y grupos armados en pugna se apropian de licencias expedidas por autoridades de todos los niveles de gobierno –obtenidas casi siempre mediante amenazas y corruptelas– y luego las esgrimen para exigir sus derechos. El problema es que siempre hay varios con derechos sobre el mismo lugar.

Rusiñol pudo constatar que el saqueo generalizado continuaba: el mineral seguía siendo extraído de manera abusiva e ilegal y cruzaba de inmediato la frontera sin permisos ni pagos. “El material robado primero llega a Ruanda. Después da un largo paseo para borrar las huellas de sociedades con nombres diferentes que nacen y mueren a velocidad pasmosa. Y finalmente llega a los países occidentales y a China”, reportó.

Pero también en la capital congoleña todos saben dónde y quiénes compran y venden no sólo coltán, sino otros minerales como la casiterita y la wolframita (de la cual se obtiene tungsteno), y por supuesto también oro y diamantes. Propiedades amuralladas y con cercas electrificadas muestran un movimiento febril de automóviles de lujo y vehículos todoterreno, mientras guardias armados impiden el paso a cualquier intruso. Ninguna exhibe un nombre comercial. Tras el informe de la ONU desparecieron todos los rótulos.

Los años van pasando y todo sigue igual, con el agravante de que estudios recientes han relacionado la explotación artesanal del coltán con graves daños a la salud de los trabajadores, ya de sí sobreexplotados, debido a la presencia en las minas de elementos asociados como el uranio, el torio o el radio, que requieren ser sorteados para su extracción o inclusive están presentes en la estructura cristalina de la columbita y la tantalita.

También se han documentado gravísimas repercusiones en los mantos freáticos (acuíferos), en las tierras de cultivo y en un sinnúmero de especies protegidas de la fauna local, como los gorilas y los elefantes. Pese a ello, los estudios científicos sobre el coltán –nombre que la ciencia ni siquiera reconoce como tal– son mínimos, pese a que podrían constituir una herramienta útil para ayudar a identificar los yacimientos geológicos de procedencia y, por lo tanto, su tráfico ilegal.

“Nadie, ni aquí ni en el extranjero, tiene voluntad real para acabar con esto. Todos sabemos lo que pasa, pero la guerra, el saqueo y la miseria siguen”, se quejan activistas locales de derechos humanos que sistemáticamente se niegan a dar su nombre, porque en la región de los Kivus denunciar y ser identificado equivale a una sentencia de muerte.

Denominados por los medios como “minerales de sangre” –como en su momento se hizo con los diamantes– el coltán, la casiterita y la wolframita no sólo han estado presentes en textos periodísticos e informes de la ONU, sino también en las redes sociales, donde activistas principalmente de Europa y Estados Unidos recuerdan a los usuarios que sus celulares, computadoras, tabletas y demás implementos electrónicos son literalmente producto del sudor y la sangre.

Sometidos crecientemente a la presión social, tanto las autoridades congoleñas como algunos actores internacionales han intentado en últimas fechas mejorar de algún modo la situación, aunque con “escasos y discutibles resultados”, según asentó el último informe de la ONU. Entre mediados de 2010 y 2011, por ejemplo, el gobierno congoleño prohibió la minería en los Kivus con el fin de desmilitarizar las minas. Sin embargo, el resultado fue que muchos mineros perdieron su única fuente de ingresos y muchos comercios legales pasaron al mercado negro.

Para complicar aún más la situación de los trabajadores de las minas, el uso del tantalio en los condensadores electrolíticos ha empezado a descender debido a que muchas de sus características han sido igualadas o superadas por tecnologías más baratas, como los condensadores cerámicos o los sólidos de aluminio. También el estaño que se extrae de la casiterita, empieza a ser más rentable que el tantalio que proviene del coltán.

Lavando la cara de las empresas

No obstante, a principios de 2012 una coalición internacional de la industria electrónica, encabezada por empresas como Apple, Hewlet Packard, Philips y Sony, anunció que a partir de abril de ese año dejaría de comprar materiales que no pudieran acreditar que estaban limpios de “minerales de sangre” congoleños.
Según reveló la ONU, los intermediarios se apresuraron a sacar su reservas de la RDC, antes de la fecha límite.

La tendencia continuó y, a fines del año pasado, las autoridades bursátiles de Estados Unidos aprobaron dentro de la ley financiera Dodd-Frank una norma que exige a las compañías estadunidenses informar sobre el uso de materiales como el tántalo, el estaño, el oro y el tungsteno provenientes de las minas de la RDC y sus países vecinos.

Las empresas deberán informar en sus páginas web y a la Comisión de Valores si la fabricación de sus productos incluye el uso de los llamados “minerales de sangre o de guerra”. El primer informe deberá ser presentado en mayo de 2014 y cubrirá todos los movimientos del ejercicio fiscal de 2013.

Su aplicación empero no será fácil. Según el grupo Ars Technica, por ejemplo, el ente estadunidense de regulación bursátil carece de autoridad para sancionar a las empresas que adquieran materiales procedentes de zonas de guerra. Los lobbies del ramo que se opusieron desde el principio a esta normativa siguen presionando, y la Cámara de Comercio de Estados Unidos amenazó con presentar una demanda, porque el costo de controlar toda la cadena de suministros resulta demasiado alto para las empresas.

Microsoft, Motorola y General Motors se desmarcaron de esta demanda y buscarán autorregularse como otras compañías electrónicas ya antes mencionadas. No se sabe que postura tomará Nintendo, calificada por el Enough Project como la “peor de todas” en materia de adquisición de partes electrónicas de procedencia dudosa.

Mientras, en medio de un precario proceso de pacificación, en la República Democrática del Congo siguen los enfrentamientos. Apenas el pasado 22 de agosto el ejército gubernamental lanzó una ofensiva contra el rebelde grupo M23 para recuperar el control de la zona minera de Kivu del Norte. Como siempre, los trabajadores de las minas y la población civil quedaron atrapados en el fuego cruzado.

Autor: Lucía Luna
http://www.solidaridad.net/noticia/7990/coltan-electronica-explotacion-y-sangre

martes, 2 de julio de 2013

LAS MUERTES EN TU CELULAR



Cada kilo de coltán que se extrae para la fabricación de teléfonos móviles, GPS, armas teledirigidas, satélites artificiales, les cuesta la vida a dos niños africanos. Naciones Unidas hizo tras una investigación concluyó que se trataba de una guerra dirigida por “ejércitos de empresas” para hacerse con los metales de la zona. En el listado aparecen  Anglo-América, De Beers, Standard Chartered Bank y cien corporaciones más. Empresas como Nokia, Ericson, Siemens, Sony, Bayer, Intel, Hitachi e IBM sacan material de la zona a través de empresas fantasmas. También está metida en el negocio la canadiense Barrick Gold Corporation.

 
No menos de cinco millones de civiles murieron en el Congo a lo largo de la guerra que ya lleva más de una década. Murieron por el coltán, pero ni ellos lo sabían. El coltán es un mineral raro, y su nombre designa la mezcla de dos minerales estratégicos llamados columbita y tantalita. Poco o nada valía el coltán, hasta que se descubrió que –por su conductividad– era imprescindible para la fabricación de teléfonos celulares, playstations, computadoras, GPS y misiles; y entonces pasó a ser más caro que el oro. Hoy mueren dos niños africanos por cada kilo de coltán que se extrae para la fabricación de estos productos de la sociedad de consumo.
El 80% de las reservas conocidas de coltán están en las arenas del Congo, un país pobrísimo, pero que para su desgracia es riquísimo en minerales, y ese regalo de la naturaleza se sigue convirtiendo en maldición de la historia.
El Congo huele a sangre, enfrentamiento entre etnias, pobreza, esclavitud y sobre todo a dinero. La antigua colonia belga tiene tanta riqueza que con su explotación debería nadar en la abundancia, sin embargo lo que le sobran son guerras. En su territorio alberga en grandes cantidades cobre, cobalto, estaño, uranio, oro y diamantes, casiterita, wolframita y sobre todo coltán.
 
 
DE LOS FABRICANTES DE PLAY STATIONS AL CONGO
Mientras el planeta se horroriza ante las atrocidades de la guerra civil en Siria, en África se libra otro antiguo y olvidado conflicto que parece interminable ante el silencio cómplice de los medios de comunicación y las trasnacionales involucradas en la producción de celulares y otros elementos de alta tecnología que requieren coltán. Sólo baja de intensidad de vez en cuando y vuelve a la barbarie cada vez que un fabricante de playstations retrasa la salida de su nuevo modelo aduciendo la falta de ese mineral.
Es la guerra del Congo o del coltán, como la llaman algunos, porque si bien el coltán no fue la razón primera de su estallido, sí lo es de su continuidad. Porque estos minerales de sangre son la riqueza del Congo y a la vez su condena.
 
Las grandes víctimas de toda esta guerra económica que se está desarrollando en el tercer país más grande de África son, sin duda, los civiles. Cifras impresionantes que nadie sabe por qué, sólo ahora han saltado a la primera plana de los periódicos. Más de cinco millones de personas han sido masacradas desde 1998 en Congo, y desde el Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas (Acnur) confirman que actualmente hay 1.350.000 desplazados en el interior del país. Las mujeres y niñas son sistemáticamente violadas y empleadas como arma de guerra. Los niños no se salvan de la barbarie: unos son obligados a trabajar en las minas de coltán a mucha profundidad porque son los únicos que caben en ellas; miles de ellos mueren sepultados, de hambre y de agotamiento. Se calcula que por cada kilo de coltán extraído mueren dos niños.
 
Otros son reconvertidos en niños y niñas soldados; llegó a haber más de treinta mil reclutados y quedan entre tres y siete mil como carne de cañón, según datos de Amnistía Internacional. Los enfrentamientos actuales han puesto de nuevo en marcha este macabro sistema que se lleva a niños de sus aldeas para participar en la guerra. Los que intentan escapar son torturados ante sus compañeros para que sirvan de ejemplo. Hambre, desnutrición, sida, malaria o tuberculosis se suman a una situación alarmante. Por ejemplo, semanas después de que la Corte Penal Internacional condenara al comandante rebelde Thomas Lubanga a 14 años de prisión por reclutar niños soldados, Human Rights Watch cifraba en 149 “kadogos” (así se les conoce en la jerga militar) los secuestrados para luchar junto al grupo M23, liderado en la sombra por Bosco Terminator Ntaganda, lugarteniente de Lubanga que tiene orden de captura por el mismo tribunal.
 
 
DESDE EL GENOCIDIO EN RUANDA
Todo comenzó cuando los tutsis de la vecina Ruanda recuperaron el poder tras el genocidio de 1994 que cometieron los hutus. Estos últimos se refugiaron en el vecino Congo temiendo la represalia tutsi.
Agentes encubiertos de Ruanda como Terminator Ntaganda o Laurent Nkunda, ahora en situación de semilibertad en Kigali, fueron enviados junto a sus tropas a masacrar a los hutus que habían cruzado la frontera. Con esa táctica, Ruanda alejó la guerra de su territorio y justificó una ocupación militar en las zonas minerales que el Gobierno congoleño, a 2.000 kilómetros en la lejana Kinshasa, es incapaz de controlar. Ahora la Ruanda del presidente Paul Kagame, también acusado de genocidio en aquellas operaciones de castigo, le ha dado la luz verde a Terminator Ntaganda, que también fue niño soldado.
 
Gracias a esa constante inestabilidad, el gobierno del Congo ni puede explotar las minas ni mucho menos cobrar impuestos. Y sus vecinos necesitan la guerra para mantener un coltán barato, sin impuestos gubernamentales, gestionado por milicias fácilmente sobornables, como el M23 de Ntaganda, que factura miles de euros semanales en contrabando al mando de una brutal milicia armada con lanzacohetes y fusiles kalashnikov.
 
 
LAS TRANSNACIONALES DETRÁS
Hay muchos analistas que apuntan que son las multinacionales, con la complicidad de las potencias internacionales, las que han azuzado el conflicto. De hecho, Naciones Unidas hizo una investigación y las conclusiones fueron que se trataba de una guerra dirigida por “ejércitos de empresas” para hacerse con los metales de la zona, acusando directamente a Anglo-América, De Beers, Standard Chartered Bank y cien corporaciones más.
 
En el último decenio, las grandes transnacionales Nokia, Ericson, Siemens, Sony, Bayer, Intel, Hitachi, IBM y muchas otras han obtenido el material de esa zona para lo cual se han formado una serie de empresas (la mayoría fantasmas) asociadas entre los grandes capitales, los gobiernos locales y las fuerzas militares rebeldes para la extracción del coltán y de otros minerales como el cobre, el oro y los diamantes industriales.
 
Entre las más nombradas aparecen la Barrick Gold Corporation, de Canadá, la American Mineral Fields (en la que George Bush padre tenía intereses) y la sudafricana Anglo-American Corporation. El coltán extraído tiene como destino los Estados Unidos, Alemania, Bélgica y Kazajstán, aunque al tráfico y elaboración están vinculadas decenas de compañías. La filial de la alemana Bayer, Starck, es la productora del 50% del tantalio en polvo a nivel mundial.
 
Todas negaron estar involucradas en la guerra, mientras que sus gobiernos presionaban a la ONU para que dejaran de acusarlas. En el informe de la ONU se exponen un número de empresas europeas que han tenido mucho que ver con el mantenimiento económico de los rebeldes ruandeses para facilitar su comercio de coltán. Ahí aparecen las empresas belgas Sogecom Sprl, Sogem Unicore, o la alemana Masungiro GmbH, las actividades del suizo Chris Huber o la joint-venture holandesa y americana, Eagle Wins Resources. En un circuito que va desde la explotación minera hasta los fabricantes de tecnología como indica esta figura.
 
Pero ahí no queda todo. Este problema ha abierto, a su vez, un conflicto entre estadounidenses y europeos por el control del coltán. Este enfrentamiento tiene un tercer oponente: China, que firmó el contrato del siglo con el Congo en septiembre de 2007 para explotar durante 30 años los recursos naturales del país africano con un esquema de reparto de dividendos donde China se quedará con el 68% y el 32% restante irá a parar a los congoleños.
 
Los minerales de sangre salen por la frontera hacia Ruanda por carretera o por aire, a la vista de todos, dejando los bolsillos llenos a los corruptos funcionarios congoleños. Desde Goma, vía Kigali, viaja a las zonas fabriles de Shanghai, donde el Gobierno chino no se molesta en preguntar de dónde viene. Y de ahí a nuestros celulares, laptops y tablets.
Quien controle el coltán controla nuestra vida.
 
Como en el siglo XXI, toda nuestra tecnología depende de que haya un niño allí dando martillazos a una piedra y a un pedazo de tierra que se le viene encima.
 
Walter Goovar