CALATRAVA NOS LA CLAVA

En un país de nuevos ricos, como fue España hace unos años, no existía alcalde, presidente de comunidad ni responsable público, que no quisiera para su autonomía, pueblo, ciudad o barrio un edificio de postín para centro de congresos, equipamiento cultural o espacio multiusos. Eso, además de una estación de alta velocidad y un aeropuerto nuevo. Todo, eso sí, de autor.

Fue el apogeo de algunos estudios de arquitectura que, literalmente, se forraron con el papanatismo imperante en unos tiempos en los que creíamos que los perros se ataban con longanizas ibéricas. El resultado de aquel dispendio lo estamos sufriendo todavía. Y las secuelas de las multimillonarias obras faraónicas constituyen hoy, lamentablemente, parte de la crónica de actualidad que podemos leer en los periódicos...

Santiago Calatrava es la imagen de un tiempo y un país. De un periodo de locuras absurdas motivadas por una rivalidad paleta entre comunidades autónomas y ayuntamientos por ver quién se gastaba más dinero en un edificio más grande.



Ni una a derechas

Uno de los nombres más repetidos, y no precisamente para bien, es el de Santiago Calatrava, quien, a juzgar por las noticias de sus obras que hoy aparecen en los medios, no debió de dar ni una a derechas viendo las tristes imágenes de sus construcciones sólo unos años después de haber sido inauguradas con una pompa y circunstancia propias de una época reciente en la que la imbecilidad nos invadía por completo. Vamos con algunos ejemplos...

El desprendimiento de parte de la fachada del Palau de les Arts de Valencia ha obligado a retirar, por seguridad, todos los trencadís y a paralizar la programación musical.
Las bodegas Ysios, de Domecq, han demandado al arquitecto para que asuma el coste de dos millones de euros del arreglo de la cubierta, con goteras y humedades.

Goteras, y muchas, hay también en el aeropuerto de Bilbao donde, además, el desprendimiento de varias planchas metálicas del tejado obligan a cerrar una zona de acceso cuando sopla viento fuerte.

El Puente de Rialto de Venecia ha tenido que ser reparado por el ayuntamiento de la ciudad que reclama a Calatrava una cantidad cercana al medio millón de euros por este concepto.

Eso, por no hablar del resbaladizo puente de Bilbao que tuvo que ser tratado a posteriori para que los peatones no se dejaran los dientes en el suelo o la estación de Nueva York, iniciada con un año de retraso, cuyo presupuesto se ha duplicado y alcanza ya los 4.000 millones de dólares.

Y por último, aunque hay más, reseñar la condena al arquitecto a pagar tres millones de euros por fallos en la construcción del Palacio de Congresos de Oviedo, cantidad que servirá para cubrir los gastos del derrumbe parcial de un graderío y para dotar de movilidad a la cubierta.

¿Hacen falta más ejemplos?

A pesar de esta retahíla de chapuzas, en muchos otros lugares pueden dar fe de la incomodidad de sus instalaciones (Auditorio de Santa Cruz de Tenerife, donde caminar entre las filas de asientos es tarea imposible y el suelo resbalaba tanto que tuvo que ser tratado a posteriori para evitar accidentes). Así las cosas uno no entiende el porqué de tanta fama ni tantas solicitudes de obras que salieron por un precio escandaloso.  

Santiago Calatrava es la imagen de un tiempo y un país. De un periodo de locuras absurdas motivadas por una rivalidad paleta entre comunidades autónomas  y ayuntamientos por ver quién se gastaba más dinero en un edificio más grande. 

Aprender de los errores

Ojalá que toda esta reseña de tropelías sirviera para conjurar la posibilidad de que vuelvan a producirse en un futuro. Si quieren mi opinión, abandonen toda esperanza de que esto ocurra. Ya verán como la burra vuelve al trigo y cuando salgamos de esta y las cosas vayan mejor, volveremos a presenciar inauguraciones de varios millones con fotos de presidentes, alcaldes, concejales o ministros, encantados de haberse conocido. 

No tenemos remedio...