EL RIESGO DE LA DEFLACION

El tema más de moda entre los analistas económicos en las últimas semanas es el de la posibilidad de que se produzca en España un proceso deflacionario que la pueda asemejar, peligrosamente, a la experiencia vivida por Japón. La mayor parte de estos analistas concluyen que no existe tal peligro y que simplemente estamos ante un fenómeno de desinflación o moderación intensa de la inflación. Pero merece la pena analizar algo más todo esto.

La deflación se define como una caída generalizada y prolongada del nivel de precios de una economía. En este sentido, los últimos datos del Índice de Precios al Consumo (IPC) no bastarían para diagnosticar una deflación, puesto que apenas ha habido un par de datos mensuales negativos. Sin embargo, si se observa el índice que se elabora sin tener en cuenta los impuestos, sí se puede detectar un mayor número de periodos mensuales con cifras de crecimiento del nivel de precios por debajo de cero. Lo que muestra esto es que el fenómeno se encuentra en una fase menos incipiente de lo que parece a primera vista.

Las políticas de depresión de la demanda interna y la política monetaria actual son las que están poniendo las bases para que este riesgo, de efectos devastadores, pueda convertirse en una realidad


Devaluación interna

Parece evidente que la economía española está sufriendo lo que se denomina una "devaluación interna", es decir, al no disponer de una moneda propia que devaluar para recuperar competitividad frente al exterior y así reducir los desequilibrios generados por una demanda interna antaño demasiado pujante, está reduciendo los costes laborales para poder producir más barato y así vender más bienes y servicios a otros países. Hablando claramente, están descendiendo los salarios, lo cual, además, facilita que se reduzcan las importaciones, todo lo cual da lugar a un saldo frente al exterior mucho menos negativo que anteriormente y, por ende, una menor necesidad de financiación exterior.

Estas consecuencias son positivas y necesarias pero, lógicamente, también deberían ir acompañadas de un descenso del nivel interior de precios, ya que no parece tolerable que el ajuste de salarios vaya íntegramente a aumentar los márgenes empresariales y los ingresos fiscales. En este sentido, el proceso de descenso de los precios debe considerarse también algo positivo y necesario para atemperar los sacrificios exigidos a los asalariados.

Pero, ¿cuál es el peligro? Que pase como en Japón. Esto es, que la expectativa de descenso de los precios provoque un aplazamiento permanente en las decisiones de consumo e inversión. Algo tan sencillo como "para qué comprar hoy una lavadora si mañana costará la mitad", que, generalizado a toda la economía, puede ser muy dañino en términos de actividad y empleo. A esto hay que añadir que el descenso del nivel de precios aumenta la deuda en términos reales, al contrario de lo que sucede cuando hay inflación. Y esto en una economía endeudada como la española, no es en absoluto desdeñable.

Si se produce una deflación intensa los ingresos fiscales descenderían aun más, lo cual aumentaría el déficit público y, en consecuencia, la deuda pública. Esto podría provocar una reacción adversa de los mercados, cuyo efecto podría ser perder todo lo teóricamente avanzado en estos dos últimos años.

Efectos devastadores

¿Puede esto pasar en España? Desde luego, las bases para ello están puestas en este momento. Sin embargo, la magnitud del proceso podría ser muy inferior a lo visto en Japón, ya que la reducción del consumo privado que se ha producido en los últimos años ha dejado poco margen de disminución adicional. Es muy complicado consumir menos de lo imprescindible para alimentarse, calentarse y vestirse. Y en esta situación de subsistencia se encuentran muchos, demasiados, millones de españoles. A esto hay que añadir la tradición inflacionista española. No parece haber muchas dudas de que los empresarios españoles subirán los precios de sus productos a la menor oportunidad, especialmente en aquellos bienes y servicios menos expuestos a la competencia interior o exterior.

Por otra parte, Japón es una economía que fue capaz de aguantar los efectos de la deflación ya que tiene prácticamente pleno empleo, gran ahorro interno, enorme superávit comercial, gran productividad, procesos productivos intensivos en capital y tecnología y una filosofía del esfuerzo que no es precisamente lo que encontramos en España. Esta reflexión ha de conducir a valorar que los efectos de una deflación intensa en España serían enormemente más devastadores de lo que lo han sido en Japón.

Lo que también es cierto es que en la Unión Europea se está produciendo el mismo proceso en paralelo, especialmente en los países rescatados y sometidos a curas salvajes de austeridad (Irlanda, Grecia, Portugal), lo que no contribuirá especialmente a mitigar los riesgos. A esto se añaden las virulentas reacciones alemanas tanto ante las observaciones de la Comisión Europea de que la economía alemana está generando demasiado superávit comercial (por lo que deberían dejar que sus salarios subieran y que se generara una ligera inflación, de forma que se pudieran compensar los efectos contractivos que la austeridad está generando en el sur de Europa), como ante la reciente decisión del Banco Central Europeo de reducir los tipos de interés al 0,25%. Estas reacciones muestran bien a las claras que los alemanes no apuestan por el proyecto común europeo o que, al menos, no están dispuestos a sacrificar nada por él sino solo a sacar réditos del mismo.

En resumen, el riesgo de deflación en España existe, es real, aunque todavía es relativamente pronto para realizar un diagnóstico certero. Lo que parece claro es que las políticas de depresión de la demanda interna y la política monetaria actual sin capacidad de ejercer efectos sobre la actividad económica (las bajadas de tipos no aumentan el crédito) son las que están poniendo las bases para que este riesgo se pueda materializar.

Y también hay que tener en cuenta que la capacidad de resistencia de la economía española ante una eventual deflación es muy inferior a la japonesa, por lo que los efectos derivados de la materialización de este riesgo serían mucho más graves de lo que lo fueron en Japón.