LA TRANSICIÓN NO FUE COMO ALGUNOS LA PINTAN..

Al cumplirse 36 años desde que fuera aprobada la Constitución, el más amplio contrato de convivencia suscrito por las fuerzas políticas y sociales en la historia de España, desde diversos sectores se resta valor a aquél éxito y se pretende imponer un nuevo paradigma que establece que la Transición fue un vergonzante pacto entre las élites franquistas y unos políticos que no tuvieron el coraje de romper con el pasado...







En esta nueva generación de políticos que aparentan no haber roto un plato en su vida, hace tiempo que se asentó con notable éxito la idea de que la Transición había sido poco menos que una estafa. Dos novelas recientes, El impostor, de Javier Cercas, y Así empieza lo malo, de Javier Marías, están colaborando lo suyo a propagar esta tesis al reflejar en sus páginas una parte de la verdad, quizá la menos contada, pero no la única: "La Transición fue en parte una gran impostura" -ha dicho Cercas a El País-. Hubo multitud de personas que se inventaron su propia biografía; al terminar el franquismo resultó que todo el mundo había sido antifranquista". Todo el mundo menos los que nunca renunciaron a esa etiqueta y pusieron todos los palos que pudieron en las ruedas que encaraban la cuesta hacia la democracia.

En su muy cuestionado libro Mitos y mentiras de la Transición (El Viejo Topo, 2006), Bénedicte André-Bazzana define ésta como el "proceso que permitió pasar a España de una dictadura a una democracia en un período relativamente corto de tiempo y sin, lo que es más importante, grandes traumas ni problemas mayores". Buen resumen en solo 31 palabras con el que básicamente están de acuerdo los historiadores que han estudiado aquella época con el rigor debido. El problema surge cuando las aproximaciones al pasado se hacen sin contextualizar los hechos, en gran medida porque no interesa.

El nuevo paradigma cocinado por estas mentes frescas y preclaras que comanda Pablo Iglesias establece que la Transición fue un vergonzante pacto entre las élites franquistas y unos políticos que no tuvieron el coraje de romper con el pasado y hacer justicia a los vencidos. Como si el complejo acuerdo logrado entre las fuerzas políticas y sociales tras la muerte de Franco (y que se empezó a fraguar algunos años atrás) se hubiera hecho en una campana neumática, de espaldas a los ciudadanos, cuando la realidad es que la Transición se construyó desde abajo, fue el activismo de aquella sociedad el que hizo posible una transformación que ya se venía produciendo en la vida española desde comienzos de los años 70. Una transformación, como escribió el conocido como 'Equipo Estudio' en 1975, "protagonizada políticamente por el dinamismo de los sectores laborales, culturales, religiosos, etcétera, expresado cotidianamente".

Así lo corroboraba Santos Juliá en un artículo publicado en Ayer, revista de Historia Contemporánea (2010): "Las élites procedentes del régimen y de la oposición (...) tuvieron que responder a reivindicaciones desde abajo; como desempeñaron también un papel fundamental las convocatorias de huelga, la movilización universitaria, las manifestaciones proamnistía, los movimientos vecinales, las organizaciones feministas". ¿Les suena? ¿Una estafa? Otra cosa es lo que Rafael Chirbes, en Los viejos amigos (Anagrama), describe como el desencanto de una generación de izquierdas, primordialmente la que seguía con un pie en la posguerra, que se sintió doblemente derrotada. En una crítica sobre la novela de Chirbes publicada en Diagonal se ampliaba el argumento y se señalaba al culpable: "Un desánimo al que contribuye el camino tomado por el Partido Comunista para cuya legalización se exigía una condición de partida: aceptar al monarca y no insistir con la República. La imagen del PCE legalizado con la bandera monárquica rojigualda fue la ilustración gráfica del pacto". ¿Y?

Falsos traidores


Manuel Vázquez Montalbán aporta equilibrio sobre este asunto de falsos traidores en Crónica sentimental de la Transición (Planeta, 1985): "No solo para los militares fue difícil el trágala de la legalización del PCE, el gran enemigo construido por el franquismo. También en las filas comunistas hubo que iniciar la pedagogía del pacto con la monarquía y con el Gobierno de Suárez. Santiago Carrillo se sacaría en Madrid la bandera española y la aceptación de la monarquía del sombrero de copa de su tenaz entrepierna. No está en cuestión la bandera tricolor o bicolor, la monarquía o la república, sino la democracia, y para conquistar las libertades, instrumentos en sí mismos y por sí mismos del cambio histórico, había que sacrificar viejas fidelidades sentimentales". ¿Capisci Paolo?

Es verdad que la Transición no fue perfecta y que ha sido utilizada en demasiadas ocasiones para defender intereses partidarios; que dejó sin resolver cuestiones esenciales que ahora pesan como losas, como el no reconocimiento de Cataluña, País Vasco y Galicia como realidades diferentes -el llamado café para todos-. Pero denigrarla como se está haciendo, sin sopesar con justeza las enormes dificultades a las que hubieron de sobreponerse sus principales actores y los ciudadanos en aquellos años (en los que, entre otras cosas, el terrorismo de los más variados colores ponía decenas, centenares de muertos encima de la mesa cada año), es un inaceptable ejercicio de cinismo y cobardía. Transcribiendo a Cercas, que lo ha expresado con vehemencia, "es una obviedad que la Transición fue imperfecta, una chapuza. Pero prefiero un millón de veces una chapuza como la que hicieron nuestros padres, que genera una democracia y nos coloca en Europa, que una guerra con 500.000 muertos como la que hicieron nuestros abuelos".