CUANDO EL ARTE MODERNO SIRVIÓ COMO MÉTODO DE TORTURA

Si preguntáramos a un experto en estas siniestras lides –a un frío y hábil torturador de cualquier régimen totalitario–, no sería de extrañar que considerase sus expeditivos métodos para obtener información como la más refinada de las artes. Paradójicamente, lo que resulta más difícil de imaginar es que el arte, en algunas de sus manifestaciones, pueda utilizarse como un efectivo y utilísimo método de tortura.

Así sucedió, por ejemplo, durante la Guerra Civil española, cuando un anarquista francés de origen yugoslavo, Alphonse Laurencic, diseñó unas insólitas celdas de tortura en las checas de Barcelona empleando para ello elementos extraídos del arte de vanguardia...





Hace unos años, el historiador español José Milicua –ya fallecido– localizó los documentos del juicio sumarísimo al que fue sometido Laurencic por las autoridades franquistas poco después de acabada la guerra. En aquellos folios, mecanografiados con renglones apretados y amarilleados por el paso del tiempo, pueden leerse con todo detalle las “estrategias” de Laurencic para destrozar anímica y físicamente a los prisioneros.

“Las celdas de castigo estaban instaladas de forma tal que el prisionero por medio de vivísima luz, calor y agua, perdía el dominio de sus nervios y era interrogado con la amenaza de ser conducido de nuevo a la celda”, confesó Laurencic ante el tribunal franquista.

Estas “celdas de castigo”, también llamadas “celdas de colores”, consistían en habitáculos de apenas dos metros de altura y un metro de ancho, decorados con pinturas de corte abstracto y surrealista que de forma intermitente eran iluminadas para causar mareos y desasosiego en los cautivos. El propio Laurencic explicó a sus interrogadores que para realizar estos diseños se había inspirado en las obras de Kandinsky o Dalí.

Tales “métodos psicotécnicos” –así era como los llamaba Laurencic– se completaban con otros añadidos igualmente insólitos. Así, las “camas” de los presos consistían en duros lechos con una inclinación del 20 por ciento, de tal modo que el recluso resbalase continuamente hacia el suelo, impidiendo el descanso. Si el prisionero intentaba estirar las piernas y pasear un poco por el reducido espacio de la celda, se encontraba con una serie de ladrillos irregulares distribuidos anárquicamente por el suelo, de forma que era imposible caminar por ella.

“En estas condiciones –explica Laurencic en su declaración–, no le quedaba al recluso más que contemplar las cuatro paredes, y es aquí donde debía intervenir el efecto psicológico. Se me indicó de repartir en la celda diferentes figuras de ‘ilusión óptica’ como dados, cubos, espirales, puntos o círculos de diferentes colores, así como de trazar en la pared líneas, horizontales y otras desniveladas (…) para que irritasen la vista del recluso”.

En otros casos, los habitáculos eran también cubiertos de alquitrán en el exterior, de tal forma que en verano subiera la temperatura dentro de la celda hasta límites casi insoportables. En definitiva, las propias celdas se convertían en la peor de las torturas, haciendo innecesaria la violencia física para conseguir que los reos confesaran todo lo que se quería.

Al parecer Laurencic –que se afilió a la CNT en 1933 y a la UGT antes de la guerra–, fue escogido gracias a sus dotes artísticas y su conocimiento de las más modernas corrientes plásticas, pues había trabajado como pintor y decorador de interiores, además de ser director de orquesta. Según su propio testimonio, Laurencic fue el encargado de diseñar estas celdas en las checas ubicadas en las calles de Vallmajor y Zaragoza, así como en la central del SIM (Servicio de Información Militar) en la calle Balmes.

Según su declaración ante el tribunal sumarísimo que lo juzgó, la idea de realizar celdas semejantes no era suya, sino que se limitó a imitar otras existentes en otros puntos del territorio republicano. Así, Milicua explicó en su trabajo al respecto que existían evidencias acerca de otros recintos similares existentes en Murcia, donde al parecer se proyectaban escenas extraídas del cortometraje Un perro andaluz, realizado por Buñuel en colaboración con Dalí.

Tras el juicio celebrado contra él, y pese a su petición de clemencia, Alphonse Laurencic fue ejecutado por garrote vil en el Camp de la Bota (Barcelona) el 9 de julio de 1939. Terminaba así uno de los episodios más singulares de la Guerra Civil española, en el que el arte de vanguardia había jugado un papel insospechado.