LA FUNDACIÓN FRANCO: ENTRE LA HISTORIA Y LAS POLÉMICAS


El gobierno español ha reconocido que la Fundación Nacional Francisco Franco, pese a ser un organismo privado, dispone de documentos clasificados como secretos y ha pedido que se retiren de consulta pública y que se traslade a la Administración la oportuna información sobre los mismos para poder protegerlos convenientemente y que no se divulguen...



La Fundación Nacional Francisco Franco -FNFF- nació en 1976, solo un año después de la muerte del dictador y desde entonces ha sobrevivido entre polémicas. Aunque su presidenta es Carmen Franco y Polo, hija del general, la FNFF insiste hasta la saciedad de que no tiene ninguna 'adscripción política o partidista' y que su único objetivo es la difusión de la memoria y obra de Francisco Franco, tanto como personaje histórico que es, como su legado.


El único hecho en que coinciden sus partidarios y sus detractores es que esta organización es sin duda depositaria de una de las mayores joyas existentes para cualquier historiador que se interese por la España del siglo XX: nada menos que el archivo personal de Franco. O lo que es lo mismo, 30.000 documentos que suman más de 300.000 páginas que el dictador acumuló entre 1936 hasta su muerte hace 40 años y en el que se mezclan manuscritos, anotaciones sobre borradores, bocetos de leyes e, incluso, informes secretos y correspondencia personal, entre ellos presidentes y jefes de gobierno extranjeros.

La primera polémica es la existencia en sí de una fundación de carácter histórico con el nombre del dictador. Alegan sus críticos que es impensable que en Alemania existiera una organización con el nombre de Adolf Hitler, dedicada al recuerdo de su figura, aunque fuera depositaria de importantes documentos de carácter histórico.

El acceso a ese fondo documental es la segunda de las controversias. La Fundación asegura estar absolutamente abierta a que cualquier "historiador, investigador, periodista o alumno" pueda acceder a esos archivos. Es más, arguye que más de 400 personas los han consultado en los últimos años. Sin embargo, historiadores como Javier Tusell y Andreu Mayayo se quejaron en su día de que se les dificultó el acceso a esos documentos por su adscripción política. La fundación, en su propia web, no oculta su profundo desprecio por historiadores como Paul Preston, al que acusa de escribir obras sobre el franquismo que son un "insulto a la inteligencia y al rigor histórico" y de haber donado parte de sus archivos a los "separatistas catalanes, el nuevo objeto de su devoción".

La tercera polémica que persigue a la fundación es el tema de los fondos. Entre 2000 y 2003 el Gobierno de José María Aznar concedió a la FNFF 150.843 euros en subvenciones. El Ejecutivo popular defendió entonces que ese dinero era para microfilmar y digitalizar 230 rollos y 27.357 documentos como parte del legado histórico español. Sea como fuere, aquel dinero levantó una polvareda enorme y ninguna otra administración pública ha vuelto a subvencionar a la institución. Desde entonces, la fundación ha hecho de esa falta de ayudas un motivo de queja constante, hasta el punto de que el primer mensaje que salta al abrir su web es que «esta fundación, a diferencia de muchas vinculadas a partidos políticos, no recibe ninguna subvención de las numerosas administraciones del Estado». Según la FNFF, no han visto un euro de dinero público desde agosto de 2003. La fundación asegura que normalmente se financia con donaciones, cuotas de socios y acciones puntuales como lotería. Y aún así, logran hacer su trabajo historiográfico y cultural.


Un día en la Fundación Francisco Franco


Llamo a la puerta y soy recibido por una secretaria que, solícita, me invita a pasar al interior de la Fundación Francisco Franco. He pedido cita para consultar el archivo sobre el dictador que gestionan desde su sede en este chalé de la madrileña calle Concha Espina. Accedo a pasar agradecido y la secretaria me indica el lugar reservado que tenemos que ocupar los investigadores. 

Todo en la Fundación Francisco Franco rezuma nacionalcatolicismo. Se respira orden y paz, todo es como debe ser, como Dios manda. Las mujeres ocupan los puestos que el Caudillo les destinaba, secretarias, y ellos... Pues ellos están en los puestos de mando. Los usos son los mismos de la posguerra española que Carmen Martín Gaite describía, sobre todo aquellos que se reservaban a las féminas son los que se mantienen en la FNFF, como si el tiempo se hubiera congelado. "No entendemos que la manera de respetar a la mujer consista en sustraerla a su magnífico destino... El hombre es torrencialmente egoísta; en cambio la mujer casi siempre acepta una vida de sumisión, de servicio, de ofrenda abnegada a una tarea", dijo José Antonio Primo de Rivera en 1935, un relato de hechos seguido al dedillo dentro de los muros de la Fundación.

Llego hasta una sala pequeña, rodeada de libros y en la que sobresale un busto del caudillo sobre la mesa de estudio, elevado, en un pedestal para que al sentarte sientas su superioridad. Me siento y la cabeza del sátrapa actúa de vigía. Siento sus ojos tallados en cobre sobre mi nuca. Los cuadros del dictador que rodean la estancia ayudan a conformar una atmósfera opresiva que se refuerza por el conocimiento de lo que Franco hizo y fue.

El ambiente está cargado, huele a húmedo, a añejo, a años de pan negro. Es un edificio viejo con manchas en el suelo y una lámpara de mesa, verde, desvencijada y con la tulipa ladeada hacia la derecha. Los retratos del Caudillo asoman por cada espacio del edificio pero no nos dejan hacer fotos. Dentro de la sede se vive con miedo a lo extraño, como si cualquiera que entrara en su casa fuera miembro de la conspiración judeomasónica sobre la que Franco alertaba.



A pesar de esa atmósfera de sospecha que se cierne sobre cualquier investigador nunca ponen pegas para acudir a visitar el archivo. La secretaria se queda en el despacho que hay junto a la sala de estudio que ocupo, escudriñando cada movimiento que haces por si fuera el preludio de una acción contra el honor del Caudillo. De vez en cuando se acerca a la sala a preguntar si va todo bien o a ofrecerte un café. Siempre educada, muy ceremoniosa, como instruida en la Sección Femenina del Movimiento

Fui con muchas reservas por lo que pudiera encontrarme, sé que un periodista comprometido con la Memoria Histórica no siempre es bien recibido en lugares como éste. Mientras investigaba mi primera vez en los fondos del archivo había mucho movimiento, aquel día pasaba mucha gente con libros en la mano por la pequeña habitación que yo ocupaba. Habían realizado una donación al fondo de la biblioteca y estaban ordenando los volúmenes dedicados al Caudillo. De repente uno de los hombres se fijó en mi presencia y empezó a charlar de forma muy afable conmigo. Se interesó por mi profesión y mi investigación, y yo le fui contestando de forma automática sin prestar demasiada atención a lo que decía porque estaba seguro de conocerle. Sabía quién era ese tipo con porte militar que me cuestionaba sobre los porqués de mi interés en la fundación. La conversación acabó con un saludo afectuoso por su parte y volví a mi negociado con el picor cerebral que produce ser consciente de que conoces a una persona pero no sabes de qué. Pero eso fue otro día.



Vuelvo a mi trabajo, buscando información sobre la relación de las empresas con el régimen franquista y recuerdo que me han pedido alguna fotografía para ilustrar mi jornada en la Fundación Francisco Franco. Pido permiso para ir al aseo, aquí se pide permiso para todo, se pega rápido la ceremoniosidad cotidiana. Al ir al baño que está junto a la entrada, veo un enorme tapiz con el águila bicéfala y una cruz católica que ocupa toda la pared de la estancia. Un pendón con la bandera franquista y una vitrina con parafernalia fascista completa la custodia. Sigue oliendo a viejo en esta sala así que hago una foto furtiva de la escena con la puerta del baño entreabierta para que las secretarias no me vean profanar el altar del Caudillo.

Vuelvo al puesto de investigador y sigo consultando el fondo archivístico que conserva la documentación personal del dictador. Sobre todo comunicaciones con el Franco, telegramas enviados desde embajadas e informes de la dirección general de seguridad para que Paco conociera de antemano lo que sucedía entre sus enemigos, y también sus amigos. En el fondo se conservan curiosidades como la carta que envió un funcionario de Hacienda a Carmen Polo de Franco para advertirle de que tenía que cumplir con sus obligaciones tributarias como el resto de los españoles. O el informe que se envió al dictador desde los servicios de información del régimen para informarle de lo hablado en una reunión en el año 1966 a la que asistió el entonces príncipe Juan Carlos junto con prohombres del momento para establecer los pasos a seguir tras la muerte del dictador.



El fondo fue digitalizado con unas subvenciones que se dieron en época de José María Aznar. Son los únicos fondos públicos recibidos por una fundación que normalmente se financia con donaciones, cuotas de socios y acciones puntuales como lotería con la fecha del golpe de Estado. Otro modo de sacar dinero es cobrar las fotocopias a los investigadores de cada documento que imprimen, así que podría decirse que soy un financiador habitual.

Consulto las copias que he pagado para ver si tengo material para un nuevo artículo sobre las relaciones empresariales y el franquismo... ¡Pardo Zancada! Ahora caigo en el nombre de aquel personaje de porte militar de mi primera visita ¡El hombre que me preguntó por mi trabajo era el comandante golpista del 23F, Ricardo Pardo Zancada!

Menos mal que no perdí la memoria. Ya puedo descansar. Al contrario que miles de familias que esperan recuperar los restos de sus seres queridos asesinados y enterrados como animales por el homenajeado en esa pequeña casita húmeda de la madrileña calle Concha Espina. 


Fotografía y autoría de @AntonioMaestre

Fuentes consultadas : ElComercio// La Marea