CANTO DEL PICO, EL PALACIO MALDITO DE LOS FRANCO

El Palacio del Canto del Pico aparece como un «fantasma» anclado en la roca de Torrelodones, vigilando el tráfico incesante de la A-6. Los miles de conductores que lo dejan en el margen derecho de la carretera de La Coruña desconocen en su mayoría la azarosa historia de este edificio emblemático de nuestra región...



Declarado monumento histórico-artístico en el año 1930 –la Comunidad de Madrid rebajo su calificación a Bien de Interés Cultural–, este palacio comenzó a construirse en 1920 bajo la dirección del ingeniero Antonio Ramos, muy amigo del propietario de la finca, José María del Palacio y Abárzuza, conde de las Almenas, quien lo mandó construir y quien lo llenó de obras de arte y antigüedades. Quiso hacer un palacio con partes de otros palacios, castillos y monasterios. Una vez levantado consiguió reunir un gran número de libros en una espectacular biblioteca.

El edificio albergó elementos arquitectónicos y decorativos representativos del arte español de los siglos XII a XVII. Entre ellos columnas y capiteles góticos procedentes del Castillo de Curiel, varias puertas del convento de las Salesas Reales y ornamentos de la Colegiata de Logroño y de la Seo de Urgel. El palacio también exhibía el claustro gótico de la Casa del Abad, del monasterio cisterciense de Santa María de la Valldigna de Valencia. Después de un largo proceso de reclamaciones por parte de la comunidad autónoma valenciana, en 2007 fue devuelto a su lugar de origen.

Sus bienes fueron saqueados en la década de los setenta cuando quedó temporalmente abandonado y sin guardas. El nombre del Canto del Pico proviene del gran «canto» de granito que hay justo en el «pico» del monte que domina el pueblo de Torrelodones. Desde él, se pueden divisar 34 municipios de la región.



La historia interminable


Escenario de la fulminante muerte del expresidente del Gobierno Antonio Maura, centro de operaciones del ejército republicano en la batalla de Brunete, residencia de descanso del Generalísimo, contenedor del patrimonio de la familia Franco durante la Transición, víctima de saqueos y protagonista de pelotazos inmobiliarios, el Canto del Pico se resiste a morir: el Ayuntamiento de Torrelodones acaba de formar una comisión multipartidista para revitalizarlo. El dueño de la casa, por su parte, vende la finca en el extranjero por una millonada. 

La historia de la propiedad de Canto del Pico es compleja. El palacio -situado a 1.011 metros de altura, con 110 hectáreas de terreno y 2.000 metros cuadrados de edificación- fue declarado monumento histórico en 1930. El conde de las Almenas se lo regaló a Franco en 1941 por los servicios prestados a la patria. “Por su grandiosa reconquista de España”, rezaba el testamento del conde tras desheredar a su nieta. Una carretera unió la finca con el Palacio del Pardo. Franco pasó cientos de jornadas de asueto y caza en el Canto del Pico. Cuenta la leyenda que el Generalísimo se refugiaba allí cuando temía ser objeto de un atentado. En 1955, el Tribunal Supremo liberó al dictador de pagar impuestos por la casa por ser “un museo del Estado”, lo que no fue óbice para que la familia Franco conservara la propiedad tras morir el líder del clan. En 1976, los Franco trasladaron al Canto del Pico los regalos recibidos durante los 36 años de dictadura, pero la idea no era conservar el palacio para rememorar la figura de Franco, sino hacer caja vía pelotazo inmobiliario.

Los Franco intentaron primero convertir la finca en urbanización: dividirla en 40 parcelas y venderlas a cinco millones de pesetas cada una. “La parcelación resultaba legalmente imposible, porque el terreno estaba calificado como rústico forestal y no era edificable. Nosotros estábamos dispuestos a negociar a cambio de que cedieran el palacio y unos 70.000 metros cuadrados de terreno”, contaba Serapio Crespo, exalcalde de Torrelodones (UCD), en ‘Los Franco S.A.’ (Mariano Sánchez Soler, 2003). El alcalde pidió a los Franco la propiedad del palacio (para reconvertirlo en centro cultural) y varias hectáreas (para parque infantil y guardería); a cambio, permitiría segregar el resto de la finca, pero no para construir chalés, sino como explotación agrícola o ganadera. Los Franco abandonaron la negociación horrorizados. El disparate democrático ya estaba en marcha, debieron pensar.



En 1985, un misterioso millonario árabe estuvo a punto de comprar la finca, pero el marqués de Villaverde (el yernísimo) “pedía demasiado dinero”, según Sánchez Soler. Finalmente, en 1988, los Franco culminaron su pelotazo: el hostelero español José Antonio Oyamburu Goicoechea, vecino de la zona que había hecho una fortuna en Inglaterra rehabilitando palacios en mal estado, pagó 320 millones de pesetas (1,9 millones de euros) por la propiedad a través de la empresa Stoyman Holdings Limited (SHL).

De Oyamburu Goicoechea, que hoy vive en un pueblo cercano (Hoyo de Manzanares), se cuentan cosas curiosas en Torrelodones. “El problema de fondo es por qué una propiedad del Estado termina en manos de Franco como propiedad privada, y su hija Carmen se la vende al hermano del cura del pueblo que confesaba al dictador en la capilla del Canto del Pico”, susurran fuentes políticas de Torrelodones.

El nuevo dueño quería construir un hotel de lujo, pero tardó una eternidad en arrancar la obra y la licencia caducó a principios del siglo XXI. Desde entonces no se ha movido una piedra y el palacio ha sido víctima de expolios e incendios. Según fuentes municipales, el proyecto hotelero, que incluía modificaciones drásticas en la casa y la construcción de un helipuerto, era “demasiado megalómano” para una zona protegida.

La década pasada, Torrelodones lanzó su última ofensiva para hacerse con la propiedad de la finca, pero la operación se frustró por diferencias económicas insalvables. “Los técnicos del ayuntamiento tasaron la propiedad en cuatro millones de euros y el dueño en... 15 millones. No hubo ninguna posibilidad de acercamiento”, según fuentes municipales conocedoras de la operación.

Inasequibles al desaliento, los grupos políticos de Torrelodones buscan ahora soluciones para recuperar el palacio, aunque la compra está absolutamente descartada a causa de las estrecheces presupuestarias típicas de la crisis. Se trataría más bien de dinamizar una posible venta y rehabilitación. Mientras, en Storyman Holdings Limited siguen a lo suyo: el Palacio del Pico está a la venta en el extranjero por 20 millones de euros, como demuestra un anuncio de la web británica Investabroadproperties. “Un lugar maravilloso e ideal para construir un hotel” y un “resort con spa”, resume el anuncio, que también glosa el pasado histórico de la casa.



En efecto, el anecdotario del Canto del Pico es inagotable. El matrimonio formado por Merry Martínez-Bordiú, nieta de Franco, y Jimmy Giménez-Arnau, escritor y periodista, se instaló en la finca tras la muerte de Franco; no en el palacio, sino en la caseta rehabilitada del guarda. Giménez-Arnau contó todo tipo de detalles del Canto del Pico en ‘Yo, Jimmy. Mi vida entre los Franco’ (Planeta, 1981).

Jimmy se deleita también al recordar la memorabilia franquista del Canto del Pico: "Eran los regalos que el General había ido recibiendo durante su mandato... Había toneladas y toneladas de ellos. Había en amontonamiento docenas de colchones, cientos de distintas clases de bustos del General… Había mil objetos religiosos. La capilla, como un imán, había atraído todo aquello que tenía olor a testamento. Entre cortinas descolgadas surgía una rebelión de ángeles, crucifijos, reliquias, botafumeiros, sillones y sofás destrozados por siestas clericales, misales, vírgenes y santos. De oropeles había un recargamento tal que allí nunca pudo haber cabido una buena contrición. Era lo sacro en estado cutre".