ABOLIR EL TRABAJO COMO ESCLAVITUD Y ALCANZAR EL DERECHO AL OCIO

La palabra trabajo proviene del latín tripalium que era un instrumento de azote utilizado por los romanos. Una gran cantidad de pueblos a lo largo de la historia de la humanidad vieron el trabajo como una circunstancia inevitable para poder sobrevivir, pero nunca tuvo el carácter de ser un valor en sí mismo...



Durante gran parte de la historia humana, la esclavitud fue vista como una necesidad económica normal; de la misma manera en que la sociedad logró abolir la esclavitud, tal vez nuestros nietos recuerden con una nostalgia desconocida como sus abuelos derogaron la estúpida neurosis del trabajo.

Filósofos como Bertrand Russell y Paul Lafargue han escrito sendas diatribas en contra del trabajo. Una utopía de seres ociosos y felices será posible si superamos aquello que Étienne de La Boétie y Vivian Abenshushan han advertido en las sociedades modernas: un miedo paralizante a la libertad, una necesidad de tener un jefe que dicte órdenes para evitar la fatigosa obligación de pensar.

El escritor inglés Brian Dean ha analizado de manera brillante la neurosis actual del trabajo en el ensayo Antiwork. A decir de su autor, el antitrabajo es “una alternativa moral a la obsesión con los ‘empleos’ que ha plagado nuestra sociedad durante mucho. Es un proyecto para reenmarcar radicalmente el trabajo y el ocio. También es un antídoto cognitivo a la perniciosa cultura del ‘trabajo duro’, que se ha apoderado tanto de nuestras mentes como de nuestro precioso tiempo.”

El trabajo se presenta no sólo como la contribución de un individuo al progreso colectivo, sino como un imperativo de corte moral: presentarse a sí mismo como alguien ocupado, incluso estresado, se ha vuelto una terrible forma de prestigio social. Parafraseando aquellas líneas de Fight club de Chuck Palahniuk, “compramos cosas que no necesitamos con dinero que no tenemos para impresionar a gente que no nos agrada.”

El virtuoso “trabajador” ha sido utilizado como bastión ideológico por todas las corrientes políticas: el comunismo soviético y chino -países sin tradiciones democráticas fuertes- transformaron al trabajador en el héroe de sus cruzadas morales contra el occidente capitalista. Pero aún antes, los protestantes que llegaron a colonizar Estados Unidos en el siglo XVII incorporaron el trabajo y su consagración mercantilista como parte de un programa religioso. 

De la misma forma en que la esclavitud ha sido derogada en la mayoría de los países civilizados -a pesar de que siga siendo una práctica común en países del llamado tercer mundo-, tal vez nuestro siglo pueda redimir las catástrofes medioambientales y las crisis de seguridad aboliendo de una vez por todas la consigna bíblica de que el hombre debe “ganar el pan con el sudor de su frente.”

¿Y si mejor distribuimos la riqueza y aplicamos el conocimiento adquirido hasta ahora en garantizar que todos tengan pan y puedan dedicar su tiempo a desarrollar áreas de genuino interés? ¿Y si abolimos el trabajo e instauramos el derecho al tiempo?

Trabajo útil e inútil


En términos económicos, el trabajo y el empleo no garantizan el progreso y bienestar de un país. Es extraño, porque hemos sido educados en la creencia contraria: es necesario conseguir un “buen trabajo” para ser una “buena persona”, pues sólo así contribuiremos al desarrollo nacional.

Pero pensemos esto: si el 100% de la población se ocupara en una actividad económica inútil, por ejemplo fabricar agujas, la oferta desbordaría la demanda eventualmente y el valor de las agujas bajaría. La lógica de la burocracia es que toda la gente debe trabajar aunque el trabajo que realicen sea inútil y redundante, sin contar con que la gente suele estar consciente de su propia inutilidad, lo que genera los síntomas depresivos que vemos en cualquier ciudad hoy en día. 

Hace 20 años, Jeremy Rifkin estimó que cerca del 75% de los empleos en los países industrializados incluían actividades que podían ser automatizadas o realizadas por robots, al menos parcialmente. Con el brutal desarrollo tecnológico al que asistimos en nuestros días, este número debe haberse incrementado. Como dice Dean, “a donde miremos, existen trabajos estúpidos, sin sentido y posiblemente nocivos contra el ambiente.”

Alternativas para el futuro


Poco a poco la idea del ingreso básico incondicional va cobrando tracción: se trata de un sistema donde la sociedad se organice para dotar a toda la gente de un ingreso básico para sobrevivir, de manera que puedan utilizar su tiempo para contribuir efectivamente al desarrollo de campos productivos de su interés, no sólo a alimentar una burocracia inútil y corrupta o a fabricar cosas que un robot podría hacer mejor y más rápido.

“La sociedad se ha vuelto más y más adinerada”, según Dean. “Incluso en métricas tradicionales de medición de la riqueza uno puede verlo. Pero la riqueza se ha concentrado más y más en las manos de unos pocos. Así que la cuestión principal no es acerca del trabajo, sino de cómo se comparte la riqueza de manera más justa y humana.”

En nuestros días, los capitales económicos son una ficción especuladora que infla y desinfla créditos alrededor del mundo sin influir en el bienestar y calidad de vida de las personas. La moral del trabajo solamente beneficia a los grandes capitalistas, mientras que los trabajadores tienen que trabajar hasta la muerte con la esperanza de llegar a fin de mes. La solución de Dean implica ver el trabajo y los frutos del empleo desde una nueva perspectiva:

“La razón de que ya no se trate del trabajo es que la mayor parte de la riqueza no proviene del trabajo humano. Pero por la forma en que el problema se presenta típicamente, uno pensaría que el problema es la ociosidad, y que poner a la gente en un empleo sería la solución. Pero el colapso económico global no fue provocado por la ociosidad humana, ni tampoco las recesiones previas.”

El recibir un ingreso básico universal no significa que deberíamos dejar de trabajar. Se trata de que la especialización del trabajo y el proceso de automatización se reinviertan en la sociedad en forma de tiempo libre: tiempo que podemos usar para investigación, para desarrollar artes y humanidades, y para resolver los problemas medioambientales acuciantes que amenazan la supervivencia a largo plazo de la especie en el planeta.

No hay suficiente dinero en el mundo (nunca lo habrá) para remediar el daño medioambiental que hemos provocado; se trata de un esfuerzo colaborativo, es decir, de un verdadero trabajo donde la gente salve su propio planeta, en lugar de salvar las arcas de un puñado de bancos que compran y venden deuda y miseria.