SESENTA AÑOS DE LA MUERTE DE NEGRÍN

El 12 de noviembre de 1956 moría en París Juan Negrín López, el último Presidente del Gobierno de la II República. Murió en el exilio, derrotado y deprimido a los 64 años. Sería enterrado en el cementerio del Père Lachaise y dejó dispuesto que su muerte se anunciara dos días después, y que sobre su lápida no se escribieran más que sus iniciales: “J.N.L”...



Fue un médico fisiólogo de fama internacional, un hombre culto y políglota y un político comprometido y vocacional. Para el historiador Gabriel Jackson,  fue “el más capacitado de los jefes republicanos socialistas. Sabía de economía pero no se interesó por las teorías marxistas, era Keynesiano”.

Nacido en Gran Canaria en 1892, procedía de una familia acomodada, conservadora y profundamente católica  pero a pesar de ello no dudó en ingresar en el Partido Socialista Obrero Español en 1929, durante la dictadura de Primo de Rivera. Se alineó políticamente con Indalecio Prieto.

Antes de ingresar en el PSOE y ser diputado durante tres legislaturas, Juan Negrín había sido un brillante científico.  En 1906 su padre le envió a estudiar medicina a Alemania. Comenzó la carrera a los quince años, primero en la Universidad de Kiel (1907) y luego en la de Leipzig (1908), vinculándose a su ya célebre Instituto de Fisiología y a la prestigiosa figura de Ewald Hering. El 21 de agosto de 1912, a los veinte años, obtuvo el grado de Doctor. Por los problemas derivados de la guerra europea, regresa a España en octubre de 1915.

Negrín se encargó   de crear una escuela de Fisiología de renombre mundial. Fue maestro, entre otros, de los más tarde profesores Severo Ochoa (galardonado con el premio Nobel de Fisiología y Medicina), José María García-Valdecasas y Francisco Grande Covián, que pudieron beneficiarse también de la impresionante biblioteca de Fisiología que Negrín se había traído consigo de Alemania y se dedicó a completar.

Aunque le esperaba una prometedora carrera como investigador, una vida cómoda, eligió otra. Durante la Segunda República no tuvo un papel muy relevante, su ascenso a puestos de verdadera responsabilidad y relevancia llegó cuando fue nombrado ministro de Hacienda en el gobierno de Largo Caballero, el 4 de septiembre de 1936, durante la Guerra Civil.


En los últimos años de la Guerra Civil, cuando la República ya no podía hacer frente a los sublevados franquistas, Negrín hizo todo lo posible para salvar al máximo número de republicanos, e incluso de conseguir algún tratado de paz.

En la intervención del 31 de marzo de 1939 ante la Diputación Permanente de las Cortes en París, Negrín comentó el golpe de Casado con detalle. Finalmente, demostró que sus esperanzas de resistir para salvar a más republicanos se habían visto tan frustradas por el golpe del coronel Casado como por el propio Franco. Más triste que enojado, declaró: «Desgraciadamente lo que ha sucedido es una lamentable prueba de que la política del Gobierno era la única que se podía seguir. Quien se entrega a la merced de un enemigo sin compasión ni espíritu de clemencia, ya se sabe siempre que está perdido, y nosotros no estábamos obligados a entregarnos. Aún podíamos resistir y aguantar y esa era nuestra obligación. Era obligación y necesidad el quedarse allí para salvar a los que ahora van a pasar a campos de concentración o van a ser asesinados».

Juan Simeón Vidarte escribía sobre el final de la guerra: «La historia trágica de la rendición de Madrid enseñó al mundo que Negrín y la ejecutiva del partido teníamos razón: no existía, desgraciadamente, otra política que la de resistir».



Cuando el buque Sinaia llegó al puerto mexicano de Veracruz cargado de exiliados, en un costado del barco se veía una enorme pancarta que rezaba: «Negrín tenía razón».