LA CÁRCEL DE CARABANCHEL: UN ESPACIO PARA EL RECUERDO

Aunque todos relacionamos Carabanchel con un barrio humilde, por aquí han pasado grandes figuras de distintos ámbitos como Francisco de Goya, Luis Miguel Dominguín, Rosendo Mercado, Santiago Segura, Lorenzo Sanz, Alberto Chicote o Tony Leblanc entre otros...





Reconocido como el distrito con más población de Madrid, Carabanchel ha sido siempre un sitio de asentamiento para los que venían a buscar una oportunidad. Primero con la llegada de gente procedente de Castilla en los años sesenta, y en la actualidad con la inmigración proveniente de Latinoamérica que ha contribuido al gran desarrollo del barrio en estas últimas décadas.

La cárcel de Carabanchel


El Comisionado por la Memoria Histórica de Madrid, presidido por Francisca Sauquillo, ha comenzado a buscar un emplazamiento donde ubicar un Museo de  Memoria Histórica. Entre esos lugares se encuentra la Cárcel de Carabanchel, a lo que Sauquillo ha dicho: “Esa cárcel ya no existe, pero nos gustaría proponer algún tipo de memorial para que se recuerde que en la zona hubo una prisión donde hubo muchos represaliados”. Merece la pena que nos detengamos ante estas declaraciones.

La Cárcel de Carabanchel se convirtió en un símbolo de la represión durante el franquismo. Por ella pasaron la mayoría de los opositores al régimen por el mero hecho de no tener la ideología impuesta, y muchos de ellos fueron  ejecutados allí mismo.

El 20 de abril de 1940 comenzaban las obras, interviniendo en ellas unos 1.000 penados, procedentes en su mayoría de la cárcel de Santa Rita y  presos políticos procedentes de la BDSTP (Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores Penados). Fue inaugurada el 22 de junio de 1944  por el ministro falangista Eduardo Aunós, con capacidad para 2.000 internos. Poco tiempo después empezaron a llegar los primeros presos, procedentes de las cárceles de Porlier, Torrijos y Santa Rita. Tenía su entrada por la Avenida de los Poblados.

De los tres patios que Carabanchel tenía habilitados, el de la izquierda era donde salían los aislados en el período de entrada, de unos diez días, pudiendo hacerlo sólo una o dos horas al día. Las celdas eran compartidas tanto por presos políticos como comunes, entre estos abundaban desde atracadores, falsificadores, carteristas, homosexuales hasta los llamados vagos de quincena siendo el número de esos presos unos 1.200 en el verano de 1945.

El patio central era el más grande y donde mayor tiempo permanecían, ya que estaban desde la mañana después del recuento y de la diana, hasta cuando se retiraban por la noche. El tercer patio era el de los comunes, se dividía a su vez en dos galerías de planta baja donde se albergaron los talleres-reformatorios, una vez la cárcel se terminó de construir. En las dos galerías de la planta baja no había agua y sólo contaban con cuatro retretes, pudiendo suponer las pésimas condiciones de habitabilidad e higiénicas que contaban los presos”.

Por esta cárcel pasaron personalidades como Chato Galante, Enrique Múgica, Marcelino Camacho o Willy Meyer. Entre las ejecuciones podemos destacar la de José María Jarabo, Francisco Granados, Joaquín Delgado, y además en esa cárcel estuvieron tres de los últimos fusilados por el franquismo en 1975.

Los fusilados fueron tres miembros del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP) José Humberto Baena Alonso, de 24 años; José Luis Sánchez-Bravo Solla, de 22; y Ramón García Sanz, de 27. Nada ablandó el alma del dictador. Ni la presión internacional de gobiernos europeos y americanos, del Vaticano, de la ONU, de intelectuales franceses como Jean Paul Sartre ni el clamor de las familias. En la mañana del 27 de septiembre de 1975 cinco hombres morían fusilados, -dos más de ETA Político-Militar -Juan Paredes Manot, Txiki, de 21 años, y Ángel Otaegui, de 33- los últimos cinco asesinados por el régimen de Francisco Franco. No hubo más balas, pero el Estado -ya sin el fascista- no anuló la pena de muerte hasta 1978.



Espacios abandonados


La cárcel cerró sus puertas definitivamente en 1998 con José María Aznar como presidente y Jaime Mayor Oreja como Ministro del Interior. En aquel momento la cárcel estaba ocupada por 2.000 hombres y 500 mujeres.

El silencio y las sombras reinaron en los subterráneos, donde las leyendas aseguraban encontrar los huesos de decenas de desaparecidos. O en el palomar de la tercera galería, donde se encerraba a los homosexuales por la simple razón de serlo. En estos lugares no se atrevían a entrar los chatarreros. Se desconoce si por desinterés o porque, pese a todo, no querían profanar el dolor almacenado, que se sigue sintiendo.

Desde ese momento queda abandonada y su estado comienza a deteriorarse. Desde ese momento el barrio comienza a movilizarse pidiendo una reutilización del espacio, conservando su estructura, como medio para recordar lo sucedido. Entre las propuestas estaba la de crear un espacio para la recuperación de la Memoria Histórica, pero la pasividad del Estado y del Gobierno de Madrid, hizo que la cárcel se convirtiese en un espacio casi derruido por el tiempo, donde el vandalismo encontró su lugar . De esta forma, en 2008, haciendo oídos sordos a las peticiones que ya llegaban de todo Madrid, el edificio se acabó derribando donde ni siquiera dejaron la cúpula como recuerdo.



El derribo se produce por dos motivos. Por un lado, la supuesta mala imagen que daba la cárcel al distrito, aunque la realidad es que si tal lugar se hubiera cuidado y dejado como un museo viviente de la memoria, a día de hoy sería un espacio de obligada visita para quienes llegan a Madrid. Además la imagen de un barrio sería la de un lugar que ha sabido dignificar a los represaliados, ganando gran interés turístico e histórico.

Por otro lado, está el motivo que tanto daño ha hecho no sólo al patrimonio español, sino a toda la sociedad: la búsqueda del lucro. El terreno fue cedido para la construcción de un hospital (que sigue siendo inexistente), zonas verdes, y 650 viviendas de las que sólo el 30% serían de propiedad pública.

Habría que recordar a la Comisión de Memoria Histórica, que aunque el  espacio exterior ya no exista, debajo existen numerosas galerías que no han sido destruidas con un gran valor histórico. Un lugar en el que se podrían realizar numerosas actividades turísticas tanto para los madrileños como para turistas y que a pesar de haberse destruido, el solar sigue siendo aprovechable y sería un lugar idóneo donde crear un espacio para la recuperación de la memoria histórica. No sólo por lo ocurrido en este lugar, sino para devolver el valor e importancia que se merece este barrio madrileño.


Fuentes: Fernando Aguilar - Paco Villar - Wikipédia