EL ACOSO ESCOLAR SALE DE LAS SOMBRAS

La Policía intenta, no sin dificultades, sacar de la oscuridad y de las sombras un delito que se ha convertido en una plaga: el acoso escolar, ya sea presencial o a través de las redes sociales y las aplicaciones de mensajería...



Por Manuel Marlasca

“A veces estamos dando una charla en el colegio sobre acoso y un niño se levanta y nos cuenta que a él le ocurre exactamente eso, lo que estamos relatando… Y nadie estaba enterado”. Lo cuenta una de las responsables de Participación Ciudadana de la Jefatura Superior de Policía de Madrid, la unidad que está sacando de la oscuridad y de las sombras un delito que se ha convertido en una plaga: el acoso escolar, ya sea presencial o a través de las redes sociales y los programas de mensajera.

Cada comisaría cuenta con un equipo de Participación Ciudadana, coordinados desde la Jefatura Superior. Solo en Madrid un centenar de agentes está destinado en estas unidades, que libran desde hace un tiempo una batalla contra el acoso. En el año 2013, la Dirección General de la Policía lanzó un Plan Director destinado a poner al descubierto este delito. La campaña contó con la colaboración de Iker Casillas y se vio respaldada por una ofensiva tuitera del departamento de Redes de la Dirección General.

Pero quienes luchan a pie de calle contra el acoso, quienes escuchan historias terribles, son los delegados de Participación. Acuden a dar charlas en los colegios destinadas a alumnos, padres y profesores y en las universidades donde se forman los futuros maestros. Además, se ha habilitado una dirección de correo electrónico –seguridadescolar@policia.es– donde se pueden denunciar de manera anónima los casos de acoso.

La sensación de los que luchan contra este delito es que “es un problema que les queda grande a todos los sectores implicados”. El caso de Carla Díaz, una niña que se suicidó en Gijón tras muchos meses de acoso y la pasividad del colegio, “se puede repetir en cualquier momento, esto es una bomba de relojería”.

Una bomba de relojería


La Policía trata de cambiar dinámicas inalterables desde hace décadas: cuando hay un problema de acoso, el conflicto trata de solucionarse de puertas para adentro, se intenta lavar la ropa sucia dentro del colegio. Unas sesiones con el psicólogo del colegio, un aviso a los padres de los acosadores, en el mejor de los casos, y un encuentro entre acosado y sus torturadores “para hacer las paces”, en el peor de los casos. “Estamos ante un delito y hay que tratarlo como tal -continúa la responsable de Participación Ciudadana-. Muchas veces, el asunto acaba con el menor acosado siendo víctima por segunda vez, porque se le saca del colegio, se le penaliza”.

Los agentes de Participación Ciudadana ponen un especial empeño en empatizar con los menores y en convencer a los responsables de los colegios de que lo que ocurre en sus centros es un delito y no “cosas de chavales”. “Los colegios han empezado a colaborar, aunque cuesta mucho, especialmente en los centros privados y concertados. Cuando conocemos un caso, avisamos a los padres de la víctima y al colegio, e incluso los acompañamos a que presenten la denuncia”. El objetivo es romper eso que los especialistas llaman el triángulo del acoso: víctima, acosadores y espectadores, muchas veces convertidos en cómplices.

“Cuando hablamos a los niños –dice una agente que ha participado en muchos de estos encuentros– intentamos que se den cuenta de lo que ocurre, de lo que está pasando a su lado, en su misma clase”. Y cuando los agentes se dirigen a los profesores, intentan que los casos de acoso no se traten por el método tradicional, es decir, con un toque o una llamada de atención a los padres de los acosadores, que les permite a estos borrar las pruebas de sus fechorías, sobre todo cuando se trata de ciberbullying.


Graves trastornos: anorexia, bulimia...


Tres de cada cuatro casos de acoso se producen en esos infinitos patios virtuales que son las redes y los programas de mensajería instantánea, como whatsapp, la mayoría de las veces sin que los padres sepan absolutamente nada de lo que está ocurriendo. La cifra que da una responsable de Participación Ciudadana asusta y da que pensar: “Un 80 por ciento de los padres no saben que sus hijos tienen perfiles en redes sociales”. El acoso digital es de 24 horas al día, despiadado y de consecuencias terribles: “Conocemos muchos casos de chicos y chicas con trastornos graves, como anorexia o bulimia, provocados por este acoso en las redes”. La crueldad que se comete con el anonimato que dan el teléfono o el ordenador no tiene límites: “Hasta a algún chaval que acabó hospitalizado le seguían acosando a través de whatsapp”.

Los agentes de Participación Ciudadana quieren que el acoso salga de la oscuridad, que se convierta en un delito que se investigue con la misma metodología que otros delitos, aunque la terrible realidad es que muchos de los autores de estas refinadas torturas no alcanzan la barrera de los 14 años, edad a partir de la cual se tiene responsabilidad penal, y salen absolutamente impunes. Así ocurrió con una de las niñas que indujo a que Carla se lanzase por un acantilado en Gijón, harta del acoso y del silencio cómplice del colegio en el que estudiaba.