EL CÓMIC NO OLVIDA

EL GÉNERO GRÁFICO RECUPERA LA MEMORIA HISTÓRICA



Cosas de viejos. ¿A quién interesan ya? Batallitas de guerras. Heridas que sangran. El pasado sin cicatrizar. Cosas de viejos es la excusa que le pone el último testigo de La Novena al autor de cómic Paco Roca para evitar hablar de sus recuerdos como soldado de la II División Blindada, que luchó durante la II Guerra Mundial por liberar a Francia del yugo nazi. “Yo creo que deberían interesarles a todos, para que no volvamos a sufrir algo así por culpa de las ideas fascistas, ¿no?”, le responde el dibujante...


Los surcos del azar (Astiberri) es un hito en el renacimiento de los recuerdos de la Guerra Civil, tarea en la que Roca (Valencia, 1969) ha coincidido en 2013 con Vincent Llobell ‘Sento’ (Valencia, 1953), que ha publicado Un médico novato (Premio Internacional Fnac-Sins Entido de Novela Gráfica 2013), y con Fran Jaraba (Pontevedra, 1957) y su División azul (Edicions de Ponent). Todos ellos son, de alguna manera, seguidores naturales del camino que abrió El arte de volar (Edicions de Ponent), con el que Antonio Altarriba (Zaragoza, 1952) y Kim (Barcelona, 1941) recibieron el Premio Nacional de Cómic en 2010.

Roca, fiel a su discurso autobiográfico, se incluye en el relato durante el encuentro que mantiene con el superviviente del exilio africano, reciclado en soldado francés. Alterna el tiempo histórico con el tiempo narrativo y justifica así la reivindicación de la búsqueda de la memoria que se extingue. Él en su trabajo de documentación presenta al protagonista y descubre el estado de desmemoria en el que vive un país que no quiere enfrentarse a sus fantasmas.  

“Por mucho que hagamos leyes para cerrar el pasado, no cierran las heridas de la gente. De esa manera, la Guerra Civil es un género dentro de la ficción que se mantiene abierto”, explica el autor a este periódico. Ha fraguado su florida trayectoria –dice que de manera involuntaria- en las mieles de la memoria. No sólo por el afamado Arrugas (2007), sino por libros como El faro (2004) y El invierno del dibujante (2010), que junto con Los surcos del azar forman una trilogía sobre la Guerra Civil y la posguerra.

No al silencio

“Me interesa la memoria en cualquier sentido, no sólo en el político, porque es una buena fuente para aprender y comprender la Historia”, dice. Dentro de sus historias los perdedores surgen como ejemplos de aprendizaje, elementos de experiencia. Aunque no se quiera aprender nada. Todos estos autores a los que nos hemos referido han mantenido una actitud crítica con el relato del silencio que se impuso durante la Transición y que, en estos momentos, la novela gráfica asume como producto y reivindicación.

Curiosa fricción que siempre ha tenido la sociedad española con su pasado más inmediato, muy reclamado por el mercado y muy silenciado por las instituciones públicas. “Nunca nos ha interesado preguntar por la Guerra Civil. Y estamos perdiendo el último contacto con aquella generación”, se lamenta Roca. “Los combatientes han quedado aislados en el silencio, porque en nuestra Transición había que mirar hacia el futuro. Ahora vemos las consecuencias”.

¿Qué puede aportar el cómic al relato bélico histórico? ¿Cómo dibujarla sin quedar atrapado por el mero ejercicio preciosista? El género es un grano de arena más en la montaña del recuerdo, con la capacidad de levantar un relato visual sin condicionantes. No hay problema con rodar la escena de trincheras más espectacular, porque es barata y no hay tabúes. La libertad de movimiento del autor es inalcanzable en el cine, y su capacidad didáctica insuperable por la novela.  

“No está todo dicho”. Palabra de Sento, que después de muchos años, “y con más años”, ha vuelto a las viñetas y con carga de primera: la historia de Pablo Uriel, su suegro, un médico de pueblo atrapado por la miseria de la guerra. Es la primera parte de una trilogía, que cumplirá sus siguientes pasos en los próximos dos años. “He reflexionado mucho sobre las cosas que quería contar. Este libro quería hacerlo desde siempre”, cuenta uno de los referentes de la Nueva Escuela Valenciana de los años ochenta.

“El contexto social me indignaba lo suficiente como para dar un paso más en la recuperación de la memoria de este país. Si nuestros gobernantes no quieren, tendremos que hacerlo nosotros”. Inapelable. Así que no todo está dicho y lo que pretende es normalizar el pasado, “hacer entender que hablar de esto no es abrir heridas”.

Ha dejado claro que desde su madurez como autor entiende el cómic como una herramienta contra la desmemoria. Un médico novato es un claro ejemplo del interés por el relato humano en situaciones extremas. Sento muestra una notable preocupación por el carácter de los personajes, a quienes elige como el director lo hace con sus actores. Mira con gafas para ver de cerca, prepara al lector para una relación estrecha, hasta hacer de la intimidad el otro argumento.

Sento, Roca, Altarriba y Jaraba utilizan un género joven para contar viejas historias, asumiendo el paso del tiempo, pero no la pérdida de la memoria. “Quiero ser una estación repetidora de las palabras de mi suegro, para transmitirlo a jóvenes que cada vez tienen más lejos los acontecimientos. Me conformaría con que este libro se leyera como un entretenimiento digno, cuya intención es transmitir una actitud moral”, reconoce Sento.

La memoria no para

Es la hora de los testimonios. La Guerra Civil no cesa, el tráfico de memorias no para. Pero no es la única contienda abierta. El Folies Bergère (Norma) de Zidrou y Porcel es una puesta en escena expresionista de las trincheras de la I Guerra Mundial. El libro Jerusalén (La Cúpula) es otro ambicioso ejemplo de reconstrucción de la barbarie desde las memorias de una familia asolada por el conflicto palestino en los años cuarenta. El guionista Boaz Yakin y el dibujante Nick Bertozzi han montado una novela épica, cruel y dura poco habitual entre las lecturas del género.

Yakin (EEUU, 1966) asegura a este periódico que el relato está basado y muy inspirado en la odisea de la familia de su padre y sus hermanos. “La historia de la familia me interesaba más, incluso, que la guerra. Quería ver cómo reaccionaron cada uno de los miembros. Era tan fascinante mostrar una familia tan numerosa, con tantos puntos de vista distintos y de una manera tan dramática…”

Confirma el guionista que su intención fue retratar el “rostro humano” del conflicto, a través de los ojos de todos ellos. “Quise hacer una épica íntima”. Una narración desgarradora sobre la supervivencia, la inocencia y la destrucción. Mucho más desolador que los ejemplos mencionados anteriormente. El relato del pasado y de sus recuerdos es reformada por las necesidades y los deseos de los narradores del presente.

Por eso Yakin reconoce que este libro no es un manual de Historia sobre Palestina: es una ficción que libera al escritor para explorar la Historia de manera personal, cuya intención es emplear el género como una herramienta a disposición de la memoria. “La verdad es que la Historia es pura ficción. Está siempre condicionada por el intérprete. La única verdad es que el tiempo siempre se mueve, va y viene. La Historia también es un tipo de fantasía. A pesar de esto, es sumamente importante tratar de entender lo que pasó entonces y tratar de encontrar la verdad humana. Pero los hechos son difíciles de conocer y más difícil de probar”.